miércoles, 11 de febrero de 2009

Capítulo 2: "Si sufro por ti, ¿me amarás?"


Niña, niña, por favor, no te vayas.
Creo que me está excitando
esta depresión.


Canción del último blues

Tuve que inclinarme por encima de varios cuadros apilados
para poder leer el poema enmarcado que estaba colgado en el
centro de la pared de la sala del atestado apartamento. Viejo y
gastado, el anticuado paisaje con su poema impreso decía así:

Mi Querida Madre

Madre, querida madre
Cuando pienso en ti
Quiero ser
todo lo que es bueno,
Lo que es verdadero.
Todo lo que es digno
Noble o maravilloso
Ha venido de ti, Madre,
De tu mano que me guía.

Lisa, una artista de ingresos muy modestos cuyo
apartamento hacía también las veces de estudio de arte, señaló
el poema y rió con jovialidad.
-Es demasiado, ¿verdad? ¡Tan cursi!
Pero sus siguientes palabras delataron un sentimiento más
profundo.
-Lo rescaté cuando una amiga mía se mudó; ella iba a
tirarlo. Lo había comprado como broma en una tienda barata.
Pero yo creo que tiene algo de verdad, ¿no le parece? -Volvió a
reír y agregó con tristeza: - El hecho de amar a mi madre me
ha traído muchos problemas con los hombres.
En ese punto, Lisa hizo una pausa y reflexionó. Alta, de
grandes ojos verdes y cabello oscuro largo y lacio, era una
belleza. Me indicó que me sentara en un colchón cubierto por
una manta que estaba en un rincón relativamente más
despejado del suelo y me ofreció té. Mientras lo preparaba,
guardó silencio unos instantes.
Lisa había acudido a mi atención por medio de una amiga
mutua que me había contado parte de su historia. Por haber
crecido con el alcoholismo en su familia, Lisa era co-alcohólica.
La palabra co-alcohólico simplemente se refiere a alguien que
ha desarrollado un patrón dañino de relacionarse con los demás
como consecuencia de haber estado involucrado de cerca con
alguien que padece la enfermedad del alcoholismo. Ya sea que
el alcohólico haya sido uno de sus padres, un cónyuge, hijo o
amigo, la relación por lo general provoca el desarrollo de
ciertos sentimientos y ciertas conductas en el co-alcohólico:
escaso amor propio, necesidad de ser necesitado, un fuerte
deseo de cambiar y controlar a los demás, y voluntad de sufrir.
De hecho, todas las características de las mujeres que
aman demasiado por lo general están presentes en las hijas y
esposas de alcohólicos y otros adictos.
Yo ya sabía que los efectos de una niñez pasada intentando
cuidar y proteger a su madre alcohólica habían influido
profundamente en la forma en que Lisa se relacionaría con los
hombres más tarde en su vida. Esperé con paciencia y pronto
comenzó a ofrecerme algunos detalles.
Lisa era la segunda de tres hijos, nacida entre una hermana
mayor que había ocasionado el apresurado matrimonio de sus
padres y un hermano menor que había sido otra sorpresa, nacido ocho años después de Lisa, mientras su madre aún
bebía. Lisa era el producto de su único embarazo planeado.
-Siempre pensé que mi madre era perfecta, tal vez porque
yo necesitaba tanto que lo fuera. La convertí en la madre que
yo quería y luego me dije que yo sería exactamente como ella.
¡En qué fantasía vivía! -Lisa meneó la cabeza y prosiguió.- Yo
nací cuando ella y mi padre estaban más enamorados que
nunca, por eso fui su favorita. Aunque ella decía que nos quería
a todos por igual, yo sabía que era muy especial para ella.
Siempre pasábamos juntas todo el tiempo que podíamos.
Cuando yo era muy pequeña supongo que me cuidaba, pero
después de un tiempo intercambiamos los roles y yo empecé a
cuidarla a ella.
"Mi padre se comportaba de una manera horrible; la mayor
parte del tiempo. La trataba con grosería y perdía todo nuestro
dinero en el juego. Tenía un buen sueldo como ingeniero, pero
nosotros nunca teníamos nada y siempre estábamos
mudándonos.
"¿Sabe? Ese poema describe la forma en que yo quería que
fuera mucho más que cómo era en realidad. Finalmente
comienzo a ver eso. Toda mi vida quise que mi madre fuera la
persona que describe ese poema, pero la mayor parte del
tiempo ella no podía siquiera acercarse a ser mi madre ideal
porque estaba ebria. Siendo muy joven aún, comencé a darle
todo mi amor y todas mis energías, con la esperanza de recibir
lo que necesitaba de ella, de recibir lo que yo estaba dando. -
Lisa hizo una pausa y sus ojos se empañaron un momento.-
Estoy aprendiendo todo esto con la terapia, y a veces duele
mucho ver cómo fue en realidad en lugar de cómo siempre
pensé que podía lograr que fuera.
"Mi madre y yo éramos muy unidas, pero a muy temprana
edad (tanto que ni siquiera recuerdo cuándo sucedió) comencé
a actuar como si yo fuera la madre y ella, la hija. Me
preocupaba por ella y trataba de protegerla de mi padre. Hacía
pequeñeces para alegrarla. Me esforzaba por hacerla feliz
porque ella era todo lo que tenía. Sabía que me quería porque a
menudo me decía que me sentara a su lado y nos quedábamos
así mucho tiempo, muy juntas y sin hablar en realidad,
simplemente abrazadas. Ahora, al recordarlo, me doy cuenta de
que siempre temí por ella, siempre esperando que pasara algo
horrible, algo que yo debía haber sido capaz de evitar si tan sólo hubiese tenido el cuidado suficiente. Es una manera dura
de vivir cuando uno está creciendo, pero nunca conocí otra
cosa. Y tuvo su efecto. Cuando era adolescente, comencé a
tener graves episodios de depresión.
Lisa rió suavemente.
-Lo que más me asustaba de la depresión era que cuando
me sucedía no podía cuidar bien a mi madre. Verá, yo era muy
concienzuda... y tenía tanto miedo de dejarla, aunque fuese
sólo por un momentito. La única forma de dejarla era aferrarme
a otra persona.
Lisa trajo el té en una bandeja laqueada roja y negra y la
colocó en el suelo, delante de nosotras.
-A los diecinueve años, tuve la oportunidad de ir a México
con dos amigas. Era la primera vez que dejaba a mi madre. Nos
quedaríamos tres semanas, y la segunda semana que estuve
allí conocí a aquel mexicano tremendamente apuesto que
hablaba inglés a la perfección y era muy galante y atento
conmigo. En la tercera semana de mis vacaciones, todos los
días me pedía que me casara con él. Decía que estaba
enamorado de mí y que no soportaba la idea de estar sin mí
ahora que me había encontrado. Bueno, quizás ése fuera el
mejor argumento para usar conmigo. Me refiero a que me decía
que me necesitaba, y todo en mí respondía al hecho de ser
necesitada. Además, creo que en algún nivel yo sabía que tenía
que alejarme de mi madre. En casa todo era oscuro,
deprimente y sombrío. Y aquel hombre me prometía una vida
maravillosa. Su familia era adinerada. El tenía una buena
educación. No hacía nada, por lo que yo veía, pero yo creía que
era porque tenían tanto dinero que él no necesitaba trabajar. El
hecho de que él tuviera todo ese dinero y aun así creyera
necesitarme para ser feliz me hacía sentir inmensamente
importante y útil.
"Llamé a mi madre y se lo describí, entusiasmada. Ella me
dijo: "Confío en que tomes la decisión correcta." Pues bien, no
debió hacerlo. Decidí casarme con él, lo cual fue
definitivamente un error. "Verá, yo no tenía idea de lo que
sentía con respecto a nada. No sabía si lo amaba ni si él era lo
que yo quería. Sólo sabía que al fin había alguien que decía que
él me amaba a mí. Yo había salido con muy pocos muchachos,
no sabía casi nada sobre los hombres. Había estado demasiado
ocupada encargándome de las cosas en casa. Estaba tan vacía por dentro, y aquella persona me ofrecía lo que me parecía una
enormidad. Y decía que me amaba. Durante tanto tiempo había
sido yo quien daba amor, y ahora parecía haber llegado mi
turno de recibirlo. Y justo a tiempo. Sabía que estaba casi
totalmente agotada, que no me quedaba nada para dar.
"Bueno, nos casamos de prisa, sin que lo supieran sus
padres. Ahora parece algo muy loco, pero en aquel momento
parecía demostrar lo mucho que me quería... que estaba
dispuesto a desafiar a sus padres con tal de estar conmigo.
Entonces yo pensaba que se rebelaba al casarse conmigo, una
rebelión suficiente para enfurecer a sus padres, pero no tanto
como para que lo echaran. Ahora lo veo de otra manera.
Después de todo, él tenía secretos que guardar respecto de su
identidad y conducta sexuales, y el hecho de tener una esposa
lo hacía parecer más "normal" que el no tenerla. Supongo que
a eso se refería al decir que me necesitaba. Y, por supuesto, yo
fui una elección perfecta, pues al ser estadounidense siempre
resultaría fuera de lugar, sospechosa. Cualquier otra mujer,
especialmente de su propia clase social, al ver lo que yo vi,
tarde o temprano se lo habría dicho a alguien. Entonces toda la
ciudad se habría enterado. Pero ¿a quién iba a decírselo yo?
¿Quién hablaba conmigo? ¿Y quién iba a creerme?
"Sin embargo, no creo que nada de eso haya sido
deliberado o calculado de su parte, como no lo eran mis
motivos para casarme con él. Simplemente encajábamos juntos
y, al principio, pensamos que era amor.
"De todos modos, después de la boda, ¿adivine qué pasó?
¡Tuvimos que ir a vivir con aquella gente que ni siquiera estaba
al tanto de nuestro matrimonio! Oh, fue horrible. Ellos me
odiaban y yo tenía la impresión de que hacía ya cierto tiempo
que estaban enfadados con él. Yo no hablaba una palabra de
español. Todos en su familia sabían hablar inglés, pero no
querían. Yo estaba totalmente desconectada y aislada, y desde
el comienzo tuve mucho miedo. El me dejaba sola por las
noches con mucha frecuencia, de modo que me quedaba en
nuestra habitación y finalmente aprendí a dormirme, hubiera
llegado él o no. Yo ya sabía sufrir. Lo había aprendido en casa.
En cierta forma, creía que ése era el precio que debía pagar por
estar con alguien que me amaba, que eso era lo normal.
"A menudo él regresaba borracho y cariñoso, pero eso era
realmente horrible. Yo podía sentir el perfume de otras mujeres
en él.
"Una noche, yo ya había estado dormida por algún tiempo y
me despertó un ruido. Allí estaba mi esposo, borracho,
admirándose frente al espejo, con mi bata puesta. Le pregunté
qué estaba haciendo y me dijo: "¿No crees que me veo bonito?"
Hizo un gesto femenino y vi que tenía los labios pintados.
"Finalmente, algo se cortó. Supe que tenía que salir de allí.
Hasta entonces había sido desdichada, pero estaba segura de
que la culpa era mía, de que, de alguna manera, yo podía ser
más cariñosa y hacer que él deseara quedarse conmigo, hacer
que sus padres me aceptaran e incluso que me tuvieran cariño.
Estaba dispuesta a esforzarme más, al igual que con mi madre.
Pero eso era diferente. Eso era una locura.
"No tenía dinero ni manera de conseguirlo, entonces al día
siguiente le dije que si no me llevaba a San Diego contaría a
sus padres lo que había hecho. Mentí y le dije que ya había
llamado a mi madre y que ella me esperaba, y que si me
llevaba allá no volvería a molestarlo. No sé de dónde saqué el
coraje, porque en realidad pensaba que él me mataría o algo
así, pero dio resultado. El tenía mucho miedo de que sus
padres se enteraran. Me llevó hasta la frontera sin decir palabra
y me dio dinero para un pasaje en autobús a San Diego y unos
quince dólares. Así fue como terminé en San Diego, en casa de
una amiga. Me quedé allí hasta que conseguí empleo y después
alquilé una vivienda con tres personas más e inicié un estilo de
vida bastante loco.
"A esa altura ya no tenía absolutamente ningún sentimiento
propio. Estaba completamente insensibilizada. Pero seguía
sintiendo aquella tremenda compasión, la cual me metió en
muchos problemas. En los siguientes tres o cuatro años salí con
muchos hombres sólo porque sentía pena por ellos. Tuve suerte
de que las cosas nunca escaparan a mi control. La mayoría de
los hombres con quienes me involucré tenía problemas de
drogas o de alcohol. Los conocía en fiestas u, ocasionalmente,
en bares, y ellos también parecían necesitar que los
comprendiera, que los ayudara, y eso era como un imán para
mí."
La atracción que sentía Lisa hacia esa clase de hombres
tenía sentido perfectamente desde el punto de vista de su historia con su madre. Lo más cercano al hecho de ser amada
que había experimentado Lisa consistía en ser necesitada, de
modo que cuando un hombre parecía necesitarla, en realidad le
estaba ofreciendo amor. No era necesario que fuera amable,
generoso ni cariñoso. El hecho de que estuviera necesitado
bastaba para reavivar los viejos sentimientos que ella ya
conocía e incitar su reacción de proporcionar cuidados.
La historia de Lisa continuaba.
-Mi vida era un desastre, y también la de mi madre. Sería
difícil decir cuál de las dos estaba más enferma. Yo tenía
veinticuatro años cuando mi madre dejó de beber. Lo hizo de la
manera más difícil. Sola en la sala, hizo esa llamada a A.A. y
pidió ayuda. Enviaron a dos personas que hablaron con ella y la
llevaron a una reunión esa tarde. Desde entonces no ha bebido
más.
Lisa sonrió ligeramente por el coraje de su madre.
-Realmente debió de llegar a ser insoportable, porque era
una dama muy orgullosa, demasiado orgullosa para llamar a
menos que estuviera desesperada. Gracias a Dios, yo no estuve
allí para verlo. Seguramente me habría esforzado tanto para
hacerla sentir mejor que ella nunca habría recibido verdadera
ayuda.
"Mi madre había comenzado a beber realmente mucho
cuando yo tenía unos nueve años. Yo volvía de la escuela y ella
estaba tendida en el sofá, dormida, con una botella a su lado.
Mi hermana mayor se enojaba conmigo y me decía que yo no
quería ver la realidad porque jamás admitiría lo mala que era,
pero yo amaba demasiado a mi madre para permitirme siquiera
advertir que ella estaba haciendo algo malo.
"Éramos muy unidas, por eso, cuando las cosas empezaron
a desmoronarse entre ella y papá, quise compensarla. Su
felicidad era para mí lo más importante del mundo. Yo sentía
que tenía que compensarla por las cosas que hacía mi padre y
que la lastimaban, y lo único que yo sabía hacer era ser buena.
Entonces, era buena en todas las maneras en que sabía serlo.
Le preguntaba si necesitaba ayuda con algo. Cocinaba y
limpiaba sin que me lo pidiera. Trataba de no necesitar nada
para mí.
"Pero nada daba resultado. Ahora comprendo que yo
asumía dos fuerzas de increíble poder: el deterioro del
matrimonio de mis padres y el creciente alcoholismo de mi madre. No tenía oportunidad de solucionarlo, pero eso no
evitaba que lo intentara... y que me culpara a mí misma
cuando fracasaba.
"Verá, la infelicidad de mi madre me dolía mucho y sabía
que había áreas en que yo podía mejorar. Mi trabajo en la
escuela, por ejemplo. En eso no me iba demasiado bien porque,
por supuesto, en casa estaba bajo mucha presión, tratando de
cuidar a mi madre, preparando las comidas y finalmente
trabajando afuera para ayudar. En la escuela sólo me quedaban
energías para un trabajo brillante por año. Lo planeaba con
esmero y lo mostraba para que las maestras vieran que no era
idiota. Pero el resto del tiempo apenas pasaba. Ellas decían que
no me esforzaba de verdad. ¡Ja! No sabían cuánto me
esforzaba... para mantener todo bien en casa. Pero mis
calificaciones no eran buenas, y mi padre gritaba y mi madre
lloraba. Yo me culpaba por no ser perfecta. Y seguía
esforzándome más que nunca."
En un hogar gravemente disfuncional como éste, donde hay
dificultades aparentemente insalvables, la familia se concentra
en otros problemas, más simples, que en cierto modo prometen
ser solucionables. De esta manera, el trabajo y las
calificaciones escolares de Lisa se convirtieron en el foco de
atención de todos, inclusive de Lisa misma. La familia
necesitaba creer que ese problema, de ser rectificado, traería
armonía.
Había una intensa presión sobre Lisa. No sólo trataba de
solucionar los problemas de su padre al tiempo que cargaba
con las responsabilidades de su madre, sino que también se la
identificaba como la causa de esa desdicha. Debido a las
proporciones monumentales de su tarea, nunca experimentó el
éxito, a pesar de sus esfuerzos heroicos. Naturalmente, su
sentido del propio valor se resintió en forma terrible.
-Una vez llamé a mi mejor amiga y le dije: "Por favor,
déjame hablarte. Si quieres, puedes leer un libro. Sólo necesito
a alguien del otro lado de la línea." ¡Ni siquiera creía merecer
que alguien escuchara mis problemas! Pero ella me escuchó,
por supuesto. Su padre era un alcohólico en recuperación que
asistía a A.A. Me costaba muchísimo admitir que algo andaba
mal, a menos que la culpa fuese de mi padre. Realmente lo
odiaba.
Lisa y yo bebimos nuestro té en silencio unos momentos
mientras ella luchaba con amargos recuerdos. Cuando pudo
continuar, dijo simplemente:
-Mi padre nos dejó cuando yo tenía dieciséis años. Mi
hermana ya se había ido. Ella tenía tres años más que yo, y en
cuanto cumplió los dieciocho consiguió un empleo de tiempo
completo y se marchó de casa. Entonces quedamos solamente
mi madre, mi hermano y yo. Creo que comenzaba a ceder a la
presión que yo misma me imponía para mantenerla a salvo y
feliz, y para cuidar a mi hermano. Entonces fui a México y me
casé, volví y me divorcié, y después anduve con muchos
hombres durante años.
"Unos cinco meses después de que mi madre ingresó al
programa de A.A., conocí a Gary. El primer día que pasé un
rato con él estaba drogado. Paseamos en el auto con mi amiga,
que lo conocía, y él estaba fumando marihuana. Le agradé y
me agradó, y ambos por separado nos pasamos esa
información a través de mi amiga, de modo que pronto me
llamó y vino a visitarme. Hice que posara para mí mientras yo
lo dibujaba, sólo por diversión, y recuerdo que me sentí
abrumada de sentimientos por él. Era la sensación más
poderosa que había tenido por un hombre.
"Otra vez estaba drogado y, sentado allí, hablando
lentamente (usted sabe, como hablan bajo el efecto de la
"hierba"), y tuve que dejar de dibujar porque mis manos
empezaron a temblar tanto que no podía hacer nada. Sostenía
el block de dibujo inclinado, apoyado sobre mis rodillas, para
que él no pudiera ver cómo me temblaban las manos.
"Hoy sé que a lo que yo reaccionaba era al hecho de que él
hablaba como lo hacía mi madre cuando había estado bebiendo
todo el día. Las mismas pausas largas y palabras
cuidadosamente seleccionadas que salían como demasiado
recalcadas. Todo el amor y el cariño que yo sentía por mi
madre se combinaban con mi atracción física hacia él como
hombre apuesto. Pero por entonces yo no tenía idea de por qué
estaba reaccionando así; entonces, por supuesto, lo llamé
amor."
El hecho de que la atracción de Lisa hacia Gary y su
relación con él empezaran tan poco tiempo después de que su
madre dejara de beber no fue una casualidad. El vínculo que
unía a ambas mujeres nunca se había cortado. Aun cuando las separaba una considerable distancia geográfica, su madre
siempre había sido la primera responsabilidad y el vínculo más
profundo para Lisa. Cuando la joven comprendió que su madre
estaba cambiando, que se estaba recuperando de su
alcoholismo sin su ayuda, reaccionó por miedo a que no la
necesitaran. Pronto, Lisa estableció una nueva relación de
profundidad con otro individuo adicto. Después de su
matrimonio, sus relaciones con los hombres habían sido
superficiales, hasta que llegó la sobriedad de su madre. Se
"enamoró" de un adicto cuando su madre recurrió a Alcohólicos
Anónimos en busca de ayuda y apoyo para recuperarse. Lisa
necesitaba una relación con una persona activamente adicta
para sentirse "normal".
Lisa siguió describiendo la relación de seis años que tuvo
con Gary. Gary se mudó al apartamento de ella casi de
inmediato y dejó en claro, durante sus primeras semanas
juntos, que en caso de que alguna vez tuvieran que elegir entre
comprar droga y pagar el alquiler, para él la droga siempre
estaría primero. Sin embargo, Lisa estaba segura de que
cambiaría, que llegaría á valorar lo que tenían juntos y querría
preservarlo. Estaba segura de que podría hacer que la amara
como ella lo amaba.
Gary rara vez trabajaba y cuando lo hacía, fiel a su palabra,
utilizaba sus ingresos para pagar la marihuana o el hachís más
costosos. Al principio Lisa lo acompañó en el consumo de
drogas, pero al ver que interfería con su capacidad de ganarse
la vida lo dejó. Después de todo, era responsable por mantener
a ambos, y tomaba su responsabilidad en serio. Cada vez que
pensaba en decir a Gary que se marchara -después de que él
había vuelto a sacarle dinero del bolso o cuando al volver,
exhausta, del trabajo, encontraba una fiesta en el apartamento,
o cuando él no había venido a casa en toda la noche- él
compraba una bolsa de comida o la esperaba con la cena lista o
le decía que había comprado un poco de cocaína especialmente
para compartirla con ella, y la decisión de Lisa se esfumaba
mientras se decía a sí misma que, después de todo, Gary la
amaba.
Las historias que él le contaba de su niñez la hacían llorar
de pena, y Lisa estaba segura de que, si lo amaba lo suficiente,
podría compensarlo por todo lo que había sufrido. Sentía que
no debía culparlo ni hacerlo responsable de su comportamiento, puesto que lo habían dañado cuando niño, y al concentrarse en
remediar el pasado de Gary llegaba a olvidar su propio doloroso
pasado.
Una vez, durante una discusión en que ella se negó a darle
un cheque que le había enviado su padre como regalo de
cumpleaños, Gary clavó un cuchillo en todos los cuadros del
apartamento.
Lisa prosiguió con su historia.
-En ese entonces estaba tan enferma que llegué a pensar:
"La culpa es mía; no debí hacer que se enojara tanto." Seguía
culpándome por todo, tratando de reparar lo irreparable.
"El día siguiente fue un sábado. Gary había salido un rato y
yo estaba limpiando todo, llorando y tirando las pinturas de tres
años. Tenía el televisor encendido para distraerme, Y estaban
entrevistando a una mujer que había sido golpeada por su
esposo. No se le veía la cara, pero hablaba de cómo había sido
su vida y describió algunas escenas bastante horribles y
después dijo: "No me parecía tan malo porque yo aún podía
soportarlo."
Lisa meneó la cabeza lentamente.
-Eso es lo que yo estaba haciendo: seguía en aquella
situación terrible porque aún podía soportarla. Cuando oí a esa
mujer, dije en voz alta: "¡Pero tú mereces algo más de lo peor
que puedas soportar!" Y de pronto me oí y empecé a llorar
mucho porque comprendí que yo también. Yo merecía más que
el dolor y la frustración Y la pérdida y el caos. Con cada pintura
arruinada me dije: "Ya no viviré así."
Cuando Gary volvió, sus cosas estaban empacadas,
esperándolo afuera. Lisa había llamado a su mejor amiga, que
había traído a su esposo, y esta pareja ayudó a Lisa a tener el
coraje de decir a Gary que se marchara.
-No hubo una escena porque estaban mis amigos, por eso
simplemente se marchó. Más tarde empezó a llamarme y a
amenazarme, pero yo no reaccionaba de ninguna manera, de
modo que después de un tiempo se dio por vencido.
"Sin embargo, quiero que entienda que no lo hice sola; me
refiero a no reaccionar. Esa tarde, cuando todo había pasado,
llamé a mi madre y le conté todo. Ella me dijo que comenzara a
ir a las reuniones de A.A. para hijos adultos de alcohólicos.
Solamente le hice caso porque estaba sufriendo demasiado."
Se trata de una comunidad de parientes y amigos de
alcohólicos que se reúnen para ayudarse entre sí y a sí mismos
a recuperarse de su obsesión por el alcohólico que hay en sus
vidas. Las reuniones de hijos adultos son para hijos de
alcohólicos que desean recuperarse de los efectos de haber
vivido con el alcoholismo cuando niños. Esos efectos incluyen la
mayoría de las características de amar demasiado.
-Entonces comencé a entenderme. Gary, para mí, era lo
que el alcohol había sido para mi madre: era una droga de la
que yo no podía prescindir. Hasta el día en que lo eché,
siempre me había aterrado la idea de que se marchara, por eso
hacía todo cuanto podía para complacerlo. Hice todas las cosas
que había hecho cuando niña: trabajar duro, ser buena, no
pedir nada para mí y encargarme de lo que era responsabilidad
de otro.
"Como el sacrificio propio siempre había sido mi patrón de
vida, no habría sabido quién era yo sin alguien a quien ayudar
o algún sufrimiento que soportar."
El profundo apego de Lisa a su madre y el gran sacrificio de
sus propias necesidades que requería ese vínculo la prepararon
para posteriores relaciones de pareja que involucraban
sufrimientos más que cualquier tipo de realización personal.
Cuando niña, ella había tomado una profunda decisión de
rectificar cualquier dificultad en la vida de su madre a través
del poder de su propio amor y desinterés.
Esa decisión pronto se volvió inconsciente, pero continuó
impulsándola. Totalmente desacostumbrada a evaluar formas
de asegurar su propio bienestar pero experta en promover el
bienestar de los demás, asumía relaciones que prometían otra
oportunidad de enmendarlo todo para otra persona mediante la
fuerza de su amor. Fiel a su historia, el hecho de no ganar ese
amor a través de sus esfuerzos sólo la hacía esforzarse más.
Gary, con su adicción, su dependencia emocional y su
crueldad, combinaba todos los peores atributos de la madre y
el padre de Lisa. Irónicamente, eso explicaba su atracción hacia
él. Si la relación que tuvimos con nuestros padres fue
esencialmente sana, con expresiones adecuadas de afecto,
interés y aprobación, entonces, como adultas, tendemos a
sentirnos cómodas con las personas que engendran
sentimientos similares de seguridad, calidez y una dignidad
positiva. Más aun, tendemos a evitar a la gente que nos hace sentir menos positivas con respecto a nosotras mismas a través
de sus críticas o de su manipulación para con nosotras. Su
conducta nos resultará repelente.
Sin embargo, si nuestros padres se relacionaron con
nosotras en forma hostil, crítica, cruel, manipuladora,
dictatorial, demasiado dependiente, o en otras formas
inadecuadas, eso es lo que nos parecerá "correcto" cuando
conozcamos a alguien que exprese, quizá de manera muy sutil,
matices de las mismas actitudes y conductas. Nos sentiremos
cómodas con personas con quienes se recrean nuestros
patrones infelices de relación, y tal vez nos sentiremos
incómodas e inquietas con individuos más apacibles, más
amables o más sanos en otros aspectos. O bien, debido al
desafío de intentar cambiar a alguien a fin de hacer feliz a esa
persona o de ganar afecto o aprobación reprimidos, tal vez
simplemente nos sintamos aburridas con la gente más sana. A
menudo el aburrimiento encubre sentimientos leves a intensos
de malestar, que las mujeres que aman demasiado tienden a
sentir cuando no están en el ya conocido rol de ayudar, esperar
y prestar más atención al bienestar ajeno que al propio. En la
mayoría de los hijos de alcohólicos, como también en los de
otras clases de hogares disfuncionales, hay una fascinación con
las personas que implican problemas y una adicción a la
excitación, especialmente a la excitación negativa. Si el drama
y el caos siempre estuvieron presentes en nuestra vida y si,
como sucede con tanta frecuencia, nos vimos forzados a negar
muchos de nuestros sentimientos mientras crecíamos, a
menudo necesitaremos acontecimientos dramáticos para poder
engendrar un sentimiento. De esta manera, necesitamos la
excitación que nos proporcionan la incertidumbre, el dolor, la
decepción y la lucha sólo para sentirnos vivos.
Lisa concluyó su historia.
- La paz y la tranquilidad de mi vida después de la partida
de Gary me enloquecían. Necesité todo mi esfuerzo para no
llamarlo y volver a empezarlo todo. Pero poco a poco me fui
acostumbrando a una vida más normal.
"Ahora no estoy saliendo con nadie. Sé que todavía estoy
demasiado enferma para tener una relación saludable con un
hombre. Sé que saldría a buscar otro Gary. Por eso, por
primera vez, mi proyecto seré yo misma en lugar de tratar de
cambiar a otra persona."
Lisa, en relación con Gary, al igual que su madre en
relación con el alcohol, sufría un proceso de enfermedad, una
compulsión destructiva sobre la cual ella sola no ejercía control
alguno. Tal como su madre había desarrollado una adicción al
alcohol y era incapaz de dejar de beber por sus propios medios,
Lisa había desarrollado lo que también era una relación adictiva
con Gary. No hago esta analogía ni empleo la palabra adictiva a
la ligera al comparar la situación de ambas mujeres. La madre
de Lisa se había vuelto dependiente de una droga, el alcohol,
para evitar experimentar la intensa angustia y la desesperación
que le producía su situación en la vida. Cuanto más utilizaba el
alcohol para evitar sentir el dolor, más obraba la droga en su
sistema nervioso para producir los mismos sentimientos que
ella quería evitar. En última instancia, el alcohol aumentaba su
dolor en vez de disminuirlo. Entonces, por supuesto, bebía más
aun. Así fue como entró en la espiral de la adicción.
Lisa también trataba de evitar la angustia y la
desesperación. Sufría una profunda depresión subyacente,
cuyas raíces se remontaban a su dolorosa infancia. Esa
depresión subyacente constituye un factor común en los hijos
de todo tipo de hogares gravemente disfuncionales, y sus
maneras de enfrentarla o, lo que es más típico, de evitarla,
varían según el sexo, la disposición y el rol que tuvieron en la
familia durante la niñez. Cuando llegan a la adolescencia,
muchas jóvenes, como Lisa, mantienen su depresión a raya
desarrollando el estilo de amar demasiado. Al desarrollar
relaciones caóticas pero estimulantes, que las distraen, con
hombres inadecuados, están demasiado excitadas para
hundirse en la depresión que está latente justo por debajo del
nivel de la conciencia.
De esta manera, un hombre cruel, indiferente, deshonesto
o difícil en otros aspectos se convierte, para esas mujeres, en el
equivalente de una droga, y crea así un medio de evitar sus
propios sentimientos, en la misma forma que el alcohol y otras
sustancias que alteran el estado de ánimo crean en los
drogadictos una vía de escape temporaria, de la que no se
atreven a separarse. Tal como sucede con el alcohol y las
drogas, estas relaciones inmanejables que proporcionan la
distracción necesaria también acarrean su carga de dolor. En
un paralelo con el desarrollo de la enfermedad del alcoholismo, la dependencia en la relación se profundiza hasta el punto de la
adicción. El hecho de estar sin la relación -es decir, estar sola
con una misma- se puede experimentar como algo peor que el
mayor sufrimiento producido por la relación, porque estar sola
significa sentir el nuevo despertar del gran dolor del pasado
combinado con el del presente.
Las dos adicciones son paralelas en ese aspecto, e
igualmente difíciles de vencer. La adicción de una mujer a su
pareja o a una serie de parejas inapropiadas puede deber su
génesis a una variedad de problemas familiares. Aunque resulte
irónico, los hijos adultos de alcohólicos tienen más suerte que
los de otros antecedentes disfuncionales porque, al menos en
las grandes ciudades, a menudo existen grupos de Alcohólicos
Anónimos para apoyarlos mientras tratan de solucionar sus
problemas con el amor propio y con las relaciones.
La recuperación de una adicción a una relación implica
conseguir ayuda de un grupo de apoyo adecuado a fin de
quebrar el ciclo de la adicción y de aprender a buscar
sentimientos de valor propio y bienestar en otras fuentes, no
en un hombre incapaz de fomentar esos sentimientos. La clave
radica en aprender a vivir una vida sana, satisfactoria y serena
sin depender de otra persona para ser feliz.
Es triste, pero para quienes están enredados en relaciones
adictivas y quienes están atrapados en la telaraña de la
adicción química, la convicción de que pueden manejar el
problema por sí solos a menudo evita que busquen ayuda y,
por lo tanto, anula la posibilidad de recuperación.
Debido a esa convicción -"puedo hacerlo solo"- a veces las
cosas deben empeorar mucho antes de que puedan empezar a
mejorar para tanta gente que lucha con alguna de esas
enfermedades de adicción. La vida de Lisa tuvo que llegar a ser
irremediablemente inmanejable para que ella pudiera admitir
que necesitaba ayuda para vencer su adicción al dolor.
Por otra parte, no la ayudaba el hecho de que nuestra
cultura otorga un viso romántico al sufrimiento por amor y a la
adicción a una relación. Desde las canciones populares hasta la
ópera, desde la literatura clásica hasta los romances
arlequinescos, desde las telenovelas diarias hasta los filmes y
obras de teatro aclamadas por la crítica, estamos rodeados por
innumerables ejemplos de relaciones inmaduras e
insatisfactorias que se ven glorificadas y ensalzadas. Una y otra vez, esos modelos culturales nos inculcan que la profundidad
del amor se puede medir por el dolor que causa y que aquellos
que sufren de verdad, aman de verdad. Cuando un cantante
canta con voz suave y melancólica acerca de no poder dejar de
amar a alguien a pesar de lo mucho que eso lo hace sufrir, hay
algo en nosotros -tal vez a fuerza de vernos repetidamente
expuestos a ese punto de vista- que acepta que lo que expresa
el cantante es lo correcto. Aceptamos que ese sufrimiento es
parte natural del amor y que la voluntad de sufrir por amor es
un rasgo positivo en lugar de negativo.
Existen muy pocos modelos de personas que se relacionan
con sus pares en forma sana, madura, honesta, no
manipuladora y no explotadora, y esto quizá se deba a dos
razones. En primer lugar, con toda sinceridad, tales relaciones
son bastante escasas en la vida real. En segundo lugar, dado
que la calidad de la interacción emocional en las relaciones
sanas a menudo es mucho mas sutil que el flagrante drama de
las relaciones insatisfactorias, su potencial "dramático tiende a
ser pasado por alto en la literatura, el teatro y las canciones. Si
nos vemos acosados por estilos perjudiciales de relacionamos,
tal vez sea porque eso es casi todo lo que vemos y sabemos.
Debido a la escasez de ejemplos de amor maduro y
comunicación sana en los medios, durante años he tenido la
fantasía de escribir un episodio de cada una de las telenovelas
principales. En mi episodio, todos los personajes se
comunicarían en forma honesta, cariñosa y no a la defensiva.
No habría mentiras, ni secretos, ni manipulaciones, nadie que
estuviera dispuesto a ser la víctima de otra persona y nadie
sería el victimario. En cambio, los espectadores que vieran el
episodio de ese día verían personas comprometidas en tener
relaciones sanas entre si, sobre la base de la genuina
comunicación.
Este estilo de relación no sólo se opondría mucho al
formato normal de esos programas sino que además ilustraría,
por medio del extremo contraste, lo saturados que estamos de
las representaciones de explotación, manipulación, sarcasmo,
búsquedas de venganza, trampas deliberadas, celos, mentiras,
amenazas, coerción, etc.; ninguna de estas cosas contribuye a
una interacción saludable. Cuando uno piensa en el efecto que
tendría un segmento que presentara una comunicación honesta
y un amor maduro sobre la calidad de estas sagas, hay que
considerar también el efecto que tendría la misma alteración en
la vida de cada uno de nosotros.
Todo sucede en un contexto, inclusive nuestra forma de
amar. Necesitamos tener conciencia de los defectos nocivos de
nuestra visión social del amor y resistimos a la inmadurez
superficial y contraproducente en las relaciones personales que
ésta idealiza. Necesitamos desarrollar conscientemente una
forma de relacionamos más madura y abierta que la que parece
apoyar nuestro medio cultural, para poder cambiar el torbellino
y la excitación por una intimidad más profunda.

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domingo, 25 de enero de 2009

Capítulo 1: Amar al hombre que no nos ama


Víctima del amor,
veo un corazón destrozado.
Tienes una historia que contar.
Víctima del amor;
es un papel muy fácil
y tú sabes representarlo
muy bien.
... Creo que sabes
a qué me refiero.
Caminas por la cuerda floja
del dolor y el deseo,
buscando el amor.
Víctima del amor


Era la primera sesión de Jill, y se veía indecisa. Vivaz y
menuda, con rizos rubios como los de la huerfanita Annie,
estaba sentada, muy tiesa, al borde de la silla, frente a mí.
Todo en ella parecía redondo: la forma de su cara, su figura
ligeramente rolliza y, en particular, sus ojos azules, que
observaban los títulos y certificados colgados en las paredes de
mi consultorio. Hizo algunas preguntas sobre mis estudios
universitarios y mi título de consejera y luego mencionó, con
visible orgullo, que estudiaba Derecho.
Hubo un breve silencio. Miró sus manos entrelazadas.
-Creo que será mejor que empiece a hablar de por qué
estoy aquí -dijo con rapidez, aprovechando el impulso de sus
palabras para ganar coraje-. Estoy haciendo esto... me refiero a
consultar a una terapeuta, porque soy realmente desdichada.
Es por los hombres, claro. Quiero decir, yo y los hombres.
Siempre hago algo que los aleja. Todo empieza bien.
Realmente me persiguen y todo eso, y después, cuando llegan
a conocerme... -se puso visiblemente tensa contra el dolor que
se avecinaba- ...todo se arruina.
Me miró, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas,
y prosiguió más lentamente.
-Quiero saber qué hago mal, qué tengo que cambiar en
mí... porque lo haré. Haré todo lo que sea necesario.
Realmente soy muy trabajadora. -Comenzaba a acelerarse otra
vez.- No es que no esté dispuesta. Es sólo que no sé por qué
siempre me pasa esto. Tengo miedo de involucrarme en otra
relación. Quiero decir, cada vez que lo hago, no hay más que
dolor. Comienzo a tener miedo de los hombres.
Meneó la cabeza, sus redondos rizos se balancearon, y
explicó con vehemencia:
-No quiero que eso suceda, porque estoy muy sola. En la
escuela de Derecho tengo muchas responsabilidades, y además
trabajo para mantenerme. Esas exigencias podrían
mantenerme ocupada todo el tiempo. De hecho, eso es
prácticamente lo único que hice el último año: trabajar, ir a las
clases, estudiar y dormir. Pero echaba de menos el hecho de
tener un hombre en mi vida.
Prosiguió con rapidez.
-Entonces conocí a Randy, mientras visitaba a unos amigos
en San Diego, hace dos meses. Es abogado, y nos conocimos
una noche en que mis amigos me llevaron a bailar. Bueno,
hicimos buenas migas de entrada. Había tanto de que hablar...
Salvo que creo que fui yo quien más habló. Pero a él parecía
gustarle eso. Además, era fantástico estar con un hombre que
se interesaba por cosas que para mí también eran importantes.
Jill frunció el entrecejo.
-Parecía realmente atraído hacia mí. Por ejemplo, me
preguntó si era casada (soy divorciada, desde hace dos años),
si vivía sola. Ese tipo de cosas.
Yo podía imaginar cómo debió notarse el entusiasmo de Jill
mientras conversaba alegremente con Randy por sobre la
música estrepitosa aquella primera noche. Y el entusiasmo con
que lo recibió una semana después, cuando él hizo un viaje por
trabajo a Los Angeles y lo extendió 160 kilómetros más para
visitarla. Durante la cena Jill le ofreció dejarlo dormir en su
apartamento para que pudiera postergar el largo viaje de
regreso hasta el día siguiente. Randy aceptó la invitación y el
romance se inició esa noche.
-Fue fantástico. Me dejó cocinar para él y realmente
disfrutaba que lo atendiera. Le planché la camisa antes de que
se vistiera, por la mañana. Me encanta atender a los hombres.
Nos llevábamos a las mil maravillas.
Jill sonrió con una expresión de añoranza. Pero al continuar
con su historia, resultó evidente que, casi de inmediato, se
había obsesionado por completo por Randy.
Cuando él llegó de regreso a su apartamento de San Diego,
el teléfono estaba sonando. Jill le informó con calidez que había
estado preocupada por su largo viaje y que la aliviaba saber
que había llegado bien. Cuando tuvo la impresión de que él
parecía un poco perplejo por su llamada, se disculpó por
haberlo molestado y colgó, pero un intenso malestar comenzó a
crecer en ella, atizado por la comprensión de que una vez más
sus sentimientos eran mucho más profundos que los del
hombre de su vida.
-Una vez Randy me dijo que no lo presionara o
simplemente desaparecería. Me asusté mucho. Todo dependía
de mí. Se suponía que debía amarlo y al mismo tiempo dejarlo
en paz. Yo no podía hacerlo: por eso me asustaba cada vez
más. Cuanto más miedo sentía, más perseguía a Randy.
Pronto, Jill comenzó a llamarlo casi todas las noches.
Habían acordado turnarse para llamar, pero a menudo, cuando
era el turno de Randy, se hacía tarde y Jill se inquietaba
demasiado para soportar la espera. De cualquier manera, no
podría dormir, de modo que lo llamaba. Esas conversaciones
eran tan vagas como prolongadas.
-Me decía que había olvidado llamarme, y yo le decía:
"¿Cómo puedes olvidarlo?" Después de todo, yo nunca lo
olvidaba. Entonces empezábamos a hablar de la razón por la
que él lo olvidaba, y parecía tener miedo de acercarse a mí y yo
quería ayudarlo a superar eso. Siempre decía que no sabía qué
quería en la vida, y yo trataba de ayudarlo a aclarar cuáles eran
las cosas importantes para él.
Fue así como Jill adoptó el papel de psiquiatra con Randy,
tratando de ayudarlo a estar más presente emocionalmente
para ella.
El hecho de que Randy no la quisiera era algo que Jill no
podía aceptar. Ella ya había decidido que Randy la necesitaba.
En dos oportunidades, Jill voló a San Diego para pasar el fin
de semana con él; en la segunda visita, él pasó el domingo
ignorándola, mirando televisión y bebiendo cerveza. Fue uno de
los peores días que ella podía recordar.
-¿Bebía mucho? -le pregunté. Pareció sorprendida.
-Bueno, no, no mucho. En realidad, no lo sé. Nunca lo
pensé. Claro que estaba bebiendo la noche en que lo conocí,
pero es natural. Después de todo, estábamos en un bar. A
veces, cuando hablábamos por teléfono, yo oía el tintineo del
hielo en un vaso y bromeaba al respecto... porque bebía solo y
esas cosas. En realidad, nunca estuve con él sin que bebiera,
pero simplemente supuse que le gustaba beber. Eso es normal,
¿no es cierto?
Hizo una pausa, pensativa.
- ¿Sabe? A veces, por teléfono, hablaba de una manera
rara, especialmente para un abogado. Parecía vago e
impreciso; olvidadizo, poco consistente. Pero nunca pensé que
eso sucedía porque estaba bebiendo. Creo que yo misma no me
permitía pensar en ello.
Me miró con tristeza.
- Tal vez sí bebía demasiado, pero debía de ser porque yo
lo aburría. Creo que simplemente yo no le interesaba lo
suficiente y él no deseaba estar conmigo. -Prosiguió con
ansiedad.- Mi esposo nunca quería estar conmigo... ¡eso era
obvio! -Se le llenaron los ojos de lágrimas al esforzarse por
continuar.- Mi padre, tampoco... ¿Qué tengo? ¿Por qué todos
sienten lo mismo por mí? ¿Qué es lo que hago mal?
Desde el instante en que Jill tomó conciencia de un
problema entre ella y alguien importante para ella, estuvo
dispuesta no sólo a tratar de resolverlo sino también a asumir
la responsabilidad por haberlo creado. Si Randy, su esposo y su
padre no la hablan amado, ella sentía que debía ser por algo
que ella había hecho o dejado de hacer.
Las actitudes, los sentimientos, la conducta y las
experiencias de vida de Jill eran típicas de una mujer para
quien estar enamorada significa sufrir. Ella exhibía muchas de
las características que tienen en común las mujeres que aman
demasiado. A pesar de los detalles específicos de sus historias y
luchas, ya sea que hayan soportado una larga y difícil relación
con un solo hombre o se hayan visto involucradas en una serie
de relaciones infelices con muchos hombres, las mujeres que
aman demasiado comparten un perfil común. Amar demasiado
no significa amar a demasiados hombres, ni enamorarse con
demasiada frecuencia, ni sentir un amor genuino demasiado
profundo por otro ser. En verdad, significa obsesionarse por un
hombre y llamar a esa obsesión "amor", permitiendo que ésta
controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta
y, si bien comprendemos que ejerce una influencia negativa
sobre nuestra salud y nuestro bienestar, nos sentimos
incapaces de libramos de ella. Significa medir nuestro amor por
la profundidad de nuestro tormento.
Al leer este libro, es probable que usted se identifique con
Jill, o con otra de las mujeres cuyas historias encontrará aquí, y
quizá se pregunte si usted también es una mujer que ama
demasiado. Tal vez, aunque sus problemas con los hombres
sean similares a los de ellas, le cueste asociarse con los
"rótulos" que se aplican a los antecedentes de algunas de estas
mujeres. Todos tenemos fuertes reacciones emocionales ante
palabras como alcoholismo, incesto, violencia y adicci6n, y a
veces no podemos mirar nuestra vida con realismo porque
tememos que nos apliquen esos rótulos a nosotros o a los que
amamos. Es triste, pero nuestra incapacidad de usar las
palabras cuando sí son aplicables a menudo nos impide
conseguir ayuda adecuada. Por otro lado, esos temidos rótulos
pueden no ser aplicables en su vida. Es probable que su niñez
haya tenido problemas de naturaleza más sutil. Tal vez su
padre, al tiempo que proporcionaba un hogar económicamente
seguro, sentía un profundo rechazo y desconfianza hacia las
mujeres, y su incapacidad de amarla evitó que usted se amara
a sí misma. O quizá la actitud de su madre hacia usted haya
sido celosa y competitiva en privado aun cuando en público se
enorgulleciera de usted, de modo que usted terminó por
necesitar un buen desempeño para ganar su aprobación y, al
mismo tiempo, temer la hostilidad que su éxito generaba en
ella.
En este libro no podemos cubrir la miríada de formas en
que una familia puede ser disfuncional: eso requeriría varios
volúmenes de naturaleza bastante diferente. Sin embargo, es
importante entender que lo que todas las familias
disfuncionales tienen en común es la incapacidad de discutir
problemas de raíz. Quizá haya otros problemas que sí se
discuten, a menudo hasta el punto de saturación, pero con
frecuencia éstos encubren los secretos subyacentes que hacen
que la familia sea disfuncional. Es el grado de secreto -la
incapacidad de hablar sobre los problemas-, más que la
severidad de los mismos, lo que define el grado de
disfuncionalidad que adquiere una familia y la gravedad del
daño provocado a sus miembros.
Una familia disfuncional es aquella en que los miembros
juegan roles rígidos y en la cual la comunicación está
severamente restringida a las declaraciones que se adecuan a
esos roles. Los miembros no tienen libertad para expresar todo
un espectro de experiencias, deseos, necesidades y
sentimientos, sino que deben limitarse a jugar el papel que se
adapte al de los demás miembros de la familia. En todas las
familias hay roles, pero a medida que cambian las
circunstancias, los miembros también deben cambiar y
adaptarse para que la familia siga siendo saludable. De esa
manera, la clase de atención materna que necesita una criatura
de un año será sumamente inadecuada para un adolescente de
trece años, y el rol materno debe alterarse para acomodarse a
la realidad. En las familias disfuncionales, los aspectos
principales de la realidad se niegan, y los roles permanecen
rígidos.
Cuando nadie puede hablar sobre lo que afecta a cada
miembro de la familia individualmente y a la familia como
grupo -es más, cuando tales temas son prohibidos en forma
implícita (se cambia el tema) o explícita (" ¡Aquí no se habla de
esas cosas!")- aprendemos a no creer en nuestras propias
percepciones o sentimientos. Como nuestra familia niega la
realidad, nosotros también comenzamos a negarla. Y eso
deteriora severamente el desarrollo de nuestras herramientas
básicas para vivir la vida y para relacionarnos con la gente y las
situaciones. Es ese deterioro básico lo que opera en las mujeres
que aman demasiado. Nos volvemos incapaces de discernir
cuándo alguien o algo no es bueno para nosotros. Las
situaciones y la gente que otros evitarían naturalmente por
peligrosas, incómodas o perjudiciales no nos repelen, porque no
tenemos manera de evaluarlas en forma realista o
autoprotectora. No confiamos en nuestros sentimientos, ni los
usamos para guiamos. En cambio, nos vemos arrastradas hacia
los mismos peligros, intrigas, dramas y desafíos que otras
personas con antecedentes más sanos y equilibrados
naturalmente evitarían. Y por medio de esa atracción nos
dañamos más, porque gran parte de aquello hacia lo cual nos
vemos atraídas es una réplica de lo que vivimos mientras
crecíamos. Volvemos a lastimarnos una y otra vez.
Nadie se convierte en una mujer así, una mujer que ama
demasiado, por casualidad. Crecer como miembro femenino de
esta sociedad y en una familia así puede generar algunos
patrones previsibles. Las siguientes características son típicas
de las mujeres que aman demasiado, mujeres como Jill y, tal
vez, como usted.

1. Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional
que no satisfizo sus necesidades emocionales.

2. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar

indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando
afecto, en especial a hombres que parecen, de alguna manera,
necesitados.

3. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s)

progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que usted
ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres
emocionalmente inaccesibles a quienes puede volver a intentar
cambiar, por medio de su amor.

4. Como la aterra que la abandonen, hace cualquier cosa

para evitar que una relación se disuelva.

5. Casi ninguna cosa es demasiado problemática, tarda

demasiado tiempo o es demasiado costosa si "ayuda" al
hombre con quien usted está involucrada.

6. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones

personales, usted está dispuesta a esperar, conservar
esperanzas y esforzarse más para complacer.

7. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por

ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches en
cualquier relación.

8. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo usted

no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que debe ganarse
el derecho de disfrutar la vida.

9. Necesita con desesperación controlar a sus hombres y

sus relaciones, debido a la poca seguridad que experimentó en
la niñez. Disimula sus esfuerzos por controlar a la gente y las
situaciones bajo la apariencia de "ser útil".

10. En una relación, está mucho más en contacto con su

sueño de cómo podría ser que con la realidad de su situación.

11. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.

12.Es probable que usted esté predispuesta

emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para volverse
adicta a las drogas, al alcohol y/o a ciertas comidas, en
particular los dulces.

13. Al verse atraída hacia personas que tienen problemas

por resolver, o involucrada en situaciones que son caóticas,
inciertas y emocionalmente dolorosas, usted evita concentrarse
en su responsabilidad para consigo misma.

14. Es probable que usted tenga una tendencia a los

episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por medio de
la excitación que proporciona una relación inestable.

15. No la atraen los hombres que son amables, estables,

confiables y que se interesan por usted. Esos hombres
"agradables" le parecen aburridos.
Jill tenía casi todas esas características, en mayor o menor
grado. Fue tanto porque ella encarnaba tantos de los atributos
mencionados como por cualquier otra cosa que ella me haya
dicho que sospeché que Randy podía tener un problema de
alcoholismo. Las mujeres que tienen esta clase de
características emocionales se ven atraídas una y otra vez hacia
hombres que son emocionalmente inaccesibles por una razón u
otra. La adicción es una forma primaria de ser emocionalmente
inaccesible.

Desde el comienzo, Jill estuvo dispuesta a aceptar más
responsabilidad que Randy por el inicio de la relación y por
mantenerla en marcha. Al igual que tantas otras mujeres que
aman demasiado, era obvio que Jill era una persona muy
responsable, una gran emprendedora que tenía éxito en
muchas áreas de su vida, pero que no obstante tenía muy poco
amor propio. La realización de sus objetivos académicos y
laborales no bastaba para equilibrar el fracaso personal que
soportaba en sus relaciones de pareja. Cada llamada telefónica
que Randy olvidaba hacer asestaba un duro golpe a la frágil
imagen que Jill tenía de sí misma, la cual ella luego se
esforzaba heroicamente por apuntalar tratando de obtener
alguna señal de cariño por parte de él. Su voluntad para
aceptar toda la culpa por una relación frustrada era típica, al
igual que su incapacidad de evaluar la situación con realismo y
de cuidarse abandonando la relación al hacerse evidente la falta
de reciprocidad.
Las mujeres que aman demasiado tienen poca
consideración por su integridad personal en una relación
amorosa. Dedican sus energías a cambiar la conducta o los
sentimientos de la otra persona hacia ellas mediante
manipulaciones desesperadas, tales como las costosas llamadas
de larga distancia y los vuelos a San Diego de Jill. (No
olvidemos que su presupuesto era sumamente limitado.) Sus
"sesiones terapéuticas" de larga distancia con él, más que un
intento de ayudarlo a descubrir quién era, eran un intento de
convertirlo en el hombre que ella necesitaba que fuera. En
realidad, Randy no quería ayuda para descubrir quién era. Si le
hubiera interesado ese viaje de autodescubrimiento, él mismo
habría hecho la mayor parte del trabajo en lugar de
permanecer pasivamente sentado mientras Jill trataba de
obligarlo a analizarse. Ella hacía esos esfuerzos porque su única
otra alternativa era reconocerlo y aceptarlo tal como era: un
hombre a quien no le importaban sus sentimientos ni la
relación.
Volvamos a la sesión de Jill para comprender mejor qué la
había llevado aquel día a mi consultorio. Ahora hablaba de su
padre.
-Era un hombre muy obstinado. Juré que algún día ganaría
una discusión con él.
Reflexionó un momento.
-Sin embargo, nunca lo logré. Tal vez sea por eso que me
dediqué al Derecho. ¡Me encanta la idea de discutir un caso y
ganar!
Esbozó una amplia sonrisa al pensarlo y luego volvió a
ponerse seria.
-¿Sabe lo que hice una vez? Lo obligué a decirme que me
quería, y a darme un abrazo.
Jill trataba de contarlo como una simple anécdota de sus
años adolescentes, pero no le salió así. Se percibía la sombra
de una niña herida.
-Jamás lo habría hecho si no lo hubiera obligado. Pero me
quería. Sólo que no podía demostrármelo. Nunca pudo volver a
decirlo. Por eso me alegro de haberlo obligado. Si no, nunca lo
habría oído decírmelo. Hacía años y años que esperaba eso. Yo
tenía dieciocho años cuando le dije: "Vas a decirme que me
quieres", y no me moví hasta que me lo dijo. Después le pedí
un abrazo y, en realidad, tuve que abrazarlo yo primero. Él
apenas me abrazó y me palmeó el hombro un poco, pero bastó.
Realmente necesitaba eso de él.
Las lágrimas habían vuelto, y esta vez rodaron por sus
redondas mejillas.
- ¿Por qué le costaba tanto hacerlo? Parece una cosa tan
básica poder decir a una hija que uno la quiere.
Volvió a contemplar sus manos entrelazadas.
-Lo intenté tanto... Tal vez por eso discutía y peleaba tanto
con él. Yo pensaba que si alguna vez ganaba, él tendría que
enorgullecerse de mí. Tendría que admitir que lo hacía bien. Yo
quería su aprobación, que supongo que significa su amor, más
que nada en el mundo...
Al hablar más con Jill, se volvió evidente que su familia
adjudicaba el rechazo por parte de su padre al hecho de que él
había querido un hijo varón y en cambio había tenido una hija
mujer. Esa explicación facilista de la frialdad de su padre hacia
ella era mucho más sencilla para todos, inclusive para Jill, que
aceptar la verdad sobre él. Pero después de un tiempo
considerable en terapia, Jill reconoció que su padre no tenía
lazos emocionales cercanos con nadie, que había sido
virtualmente incapaz de expresar amor, calidez o aprobación a
nadie en su esfera personal. Siempre había habido "razones"
para su contención emocional, tales como discusiones y
diferencias de opinión o hechos irreversibles, como el que Jill
fuera mujer. Cada miembro de la familia prefería aceptar esas
razones como válidas en lugar de examinar la calidad siempre
distante de sus relaciones con él.
En realidad, a Jill le costaba más aceptar la incapacidad
básica de amar de su padre que continuar culpándose a sí
misma. Mientras la culpa fuera suya, también habría
esperanzas... de que algún día ella pudiera cambiar lo
suficiente para provocar un cambio en él.
Es verdad en todos nosotros que cuando sucede algo
emocionalmente doloroso y nos decimos que la culpa es
nuestra, en realidad estamos diciendo que tenemos control
sobre ello: si nosotros cambiamos, el dolor desaparecerá. Esta
dinámica subyace a gran parte de la culpabilidad que se
adjudican las mujeres que aman demasiado. Al culpamos, nos
aferramos a la esperanza de que podremos descubrir lo que
estamos haciendo mal y corregirlo, controlando así la situación
y deteniendo el dolor.
Este patrón en Jill quedó bien en claro durante una sesión,
poco después, en la cual describía su matrimonio.
Inexorablemente atraída hacia alguien con quien pudiera
recrear el clima emocionalmente carente de su niñez con su
padre, su matrimonio fue una oportunidad de que volviera a
intentar ganar un amor reprimido.
Mientras Jill relataba cómo conoció a su esposo, recordé
una máxima que había oído de labios de un colega: La gente
hambrienta hace malas compras. Desesperadamente
hambrienta de amor y aprobación, y familiarizada con el
rechazo aunque nunca lo identificara como tal, Jill estaba
destinada a encontrar a Paul.
Me dijo:
-Nos conocimos en un bar. Yo había estado lavando mi ropa
en un lavadero público y salí unos minutos para ir al bar de al
lado, un lugar pequeño y barato. Paul estaba jugando al pool y
me preguntó si quería jugar. Le dije que sí, y así empezó todo.
Me invitó a salir. Le dije que no, que yo no salía con hombres
que conocía en los bares. Bien, me siguió hasta el lavadero y
siguió hablándome. Finalmente le di mi número telefónico y
salimos la noche siguiente.
"Usted no va a creer esto, pero terminamos viviendo juntos
dos semanas después. El no tenía dónde vivir y yo tenía que
dejar mi apartamento, de modo que conseguimos uno para los
dos. Nada en la relación era tan estupendo, ni el sexo, ni el
compañerismo, ni nada. Pero pasó un año y mi madre empezó
a ponerse nerviosa por lo que yo estaba haciendo, entonces
nos casamos.
Otra vez Jill sacudía sus rizos.
A pesar de ese comienzo casual, pronto se obsesionó.
Debido a que Jill había crecido tratando de enmendar todo lo
que estuviera mal, naturalmente trasladó ese patrón de
pensamientos y conducta a su matrimonio.
-Me esforzaba mucho. Quiero decir, realmente lo amaba y
estaba decidida a lograr que él también me amara. Yo sería la
esposa perfecta. Cocinaba y limpiaba como loca, y al mismo
tiempo trataba de ir a las clases. Gran parte del tiempo él no
trabajaba. Estaba por ahí o desaparecía varios días. Era un
infierno, la espera y el hecho de no saber nada de él. Pero
aprendí a no preguntar dónde había estado porque... -Vaciló y
cambió su posición en la silla.- Me cuesta admitir esto. Yo
estaba tan segura de que podía hacer que todo funcionara bien
si tan sólo me esforzaba lo suficiente, pero a veces me enojaba
después de que él desaparecía y entonces él me pegaba.
"Nunca había dicho esto a nadie. Siempre me sentí tan
avergonzada... Yo misma nunca me vi de esa manera, ¿sabe?
Como alguien que se dejaría pegar.
El matrimonio de Jill terminó cuando su esposo encontró
otra mujer en una de sus prolongadas ausencias del hogar. A
pesar de la angustia en que se había convertido su matrimonio,
Jill quedó desolada cuando Paul se marchó.
-Yo sabía que, fuera quien fuese esa mujer, era todo lo
que yo no era. En realidad podía ver por qué me había
abandonado Paul. Yo sentía que ya no tenía nada para
ofrecerle, ni a él ni a nadie. No lo culpaba por haberme dejado.
Me refiero a que, después de todo yo tampoco podía
soportarme.
Gran parte de mi trabajo con Jill consistió en ayudarla a
comprender el proceso de enfermedad en que había estado
inmersa durante tanto tiempo: su adicción a las relaciones
condenadas al fracaso con hombres emocionalmente
inaccesibles. El aspecto adictivo de la conducta de Jill en sus
relaciones puede compararse con el uso adictivo de una droga.
Al comienzo de sus relaciones había un período "alto" inicial,
una sensación de euforia y entusiasmo mientras ella creía que
al fin podrían satisfacerse sus más profundas necesidades de
amor, atención y seguridad emocional. Al creer eso, Jill se
volvía cada vez más dependiente del hombre y de la relación
para sentirse bien. Luego, al igual que un adicto que debe
consumir más droga cuando ésta produce menos efecto,
comenzaba a dedicarse a la relación con mayor intensidad ya
que ésta le proporcionaba menos satisfacción. En un intento de
conservar lo que una vez había parecido tan maravilloso, tan
prometedor, Jill acosaba servilmente a su hombre, pues
necesitaba más contacto, más consuelo, más amor, al tiempo
que recibía cada vez menos. Cuanto peor se volvía la situación,
más le costaba desembarazarse de ella debido a la profundidad
de su necesidad. No podía renunciar.
Jill tenía veintinueve años la primera vez que vino a verme.
Hacía siete años que su padre había muerto, pero se guía
siendo el hombre más importante de su vida. En cierto modo,
era el único hombre de su vida, porque en cada relación con
otro hombre por quien se sentía atraída, en realidad se
relacionaba con su padre, esforzándose aún por ganar el amor
de aquel hombre que no podía darlo debido a sus propios
problemas.
Cuando las experiencias de nuestra niñez son
particularmente dolorosas, a menudo nos vemos obligados
inconscientemente a recrear situaciones similares durante toda
la vida, en un impulso de obtener el control sobre ellas.
Por ejemplo, si nosotros, al igual que Jill, hemos amado y
necesitado a un progenitor que no nos correspondía, a menudo
nos comprometemos con una persona similar, o con una serie
de ellas, en la edad adulta, en un intento de "ganar" la vieja
lucha por ser amados. Jill personificaba esta dinámica al
sentirse atraída por un hombre inadecuado tras otro.
Hay un viejo chiste acerca de un miope que ha perdido sus
llaves a altas horas de la noche y las está buscando a la luz de
un farol callejero. Otra persona llega y se ofrece a ayudarlo a
buscarlas, pero le pregunta: "¿Está seguro de que las perdió
aquí?" El hombre responde: "No, pero aquí hay luz."
Jill, al igual que el hombre del chiste, buscaba lo que
faltaba en su vida, no donde tenía esperanzas de encontrarlo,
sino donde le resultaba más fácil buscarlo, ya que era una
mujer que amaba demasiado.
En este libro analizaremos qué es amar demasiado, por qué
lo hacemos y cómo podemos transformar nuestra forma de
amar en una forma más sana de relacionarnos. Volvamos a
examinar las características de las mujeres que aman
demasiado, esta vez una por una.

l. Típicamente, usted proviene de un hogar
disfuncional que no satisfizo sus necesidades
emocionales.
Tal vez la mejor manera de enfocar la comprensión de esta
característica sea comenzar por la segunda mitad: "... que no
satisfizo sus necesidades emocionales". Por necesidades
emocionales no entendemos solamente las necesidades de
amor y atención. Si bien ese aspecto es importante, más crítico
aun es el hecho de que sus percepciones y sentimientos hayan
sido, en su mayor parte, ignorados o negados en lugar de ser
aceptados y valorados. Un ejemplo: Los padres están peleando.
La hija tiene miedo. La hija pregunta a la madre: "¿Por qué
estás enojada con papá?" La madre responde: "No estoy
enojada", pero se ve furiosa y perturbada. Ahora la hija se
siente confundida, más temerosa, y dice: "Yo te oí gritar." La
madre responde, enfadada: "¡Te dije que no estoy enojada,
pero lo estaré si insistes con esto!" Ahora la hija siente miedo,
confusión, enojo y culpa. Su madre ha implicado que sus
percepciones son incorrectas, pero si eso es verdad, ¿de dónde
provienen esos sentimientos de miedo? Ahora la niña debe
elegir entre saber que tiene razón y que su madre le ha
mentido deliberadamente, o pensar que se equivoca en lo que
oye, ve y siente. A menudo se conforma con la confusión y deja
de expresar sus percepciones para no tener que experimentar
la aflicción de que se las invaliden. Eso deteriora la capacidad
de una niña de confiar en sí misma y en sus percepciones,
tanto en la niñez como en la edad adulta, especialmente en las
relaciones cercanas.
La necesidad de afecto también puede ser negada o
satisfecha en forma insuficiente. Cuando los padres están
peleando o atrapados en otro tipo de luchas, es probable que
quede poco tiempo y atención para los hijos. Eso hace que la
niña sienta hambre de amor y, al mismo tiempo, no sepa cómo
confiarlo o aceptarlo y se sienta inmerecedora de él.
Ahora bien, en cuanto a la primera parte de la característica
-provenir de un hogar disfuncional- los hogares disfuncionales
son aquellos en que se dan uno o más de los rasgos siguientes:

• abuso de alcohol y/u otras drogas (prescriptas o ilegales).

• conducta compulsiva como, por ejemplo, una forma

compulsiva de comer, de trabajar, limpiar, jugar, gastar,
hacer dieta, hacer gimnasia, etc.; estas prácticas son
conductas adictivas, además de procesos de enfermedad
progresivos. Entre muchos de sus efectos, alteran y evitan
el contacto sincero y la intimidad en una familia.

• maltrato del cónyuge y/o de los hijos.


• conducta sexual inapropiada por parte de uno de los

progenitores para con un hijo o hija, desde seducción
hasta incesto.

• discusiones y tensión constantes.


• lapsos prolongados en que los padres se rehúsan a

hablarse.

• padres que tienen actitudes o principios opuestos o que

exhiben conductas contradictorias que compiten por la
lealtad de los hijos.

• padres que compiten entre sí o con sus hijos.

• uno de los progenitores no puede relacionarse con los
demás miembros de la familia y por eso los evita
activamente, al tiempo que los culpa por esa efusividad.

• rigidez extrema con respecto al dinero, la religión, el

trabajo, el uso del tiempo, las demostraciones de afecto,
el sexo, la televisión, el trabajo de la casa, los deportes, la
política, etc. Una obsesión por alguno de esos temas
puede impedir el contacto y la intimidad, porque el énfasis
no se coloca en relacionarse sino en acatar las reglas.

Si uno de los progenitores exhibe alguno de estos tipos de
conducta u obsesiones, resulta perjudicial para el hijo. Si
ambos padres están atrapados en alguna de esas prácticas
nocivas, los resultados pueden ser más perjudiciales aun. A
menudo los padres practican tipos de patología
complementarios. Por ejemplo, una persona alcohólica a
menudo se casa con otra que come compulsivamente, y
entonces cada uno lucha por controlar la adicción del otro. Con
frecuencia, los padres también se equilibran mutuamente en
formas dañinas, cuando una madre abrumadora y
sobreprotectora está casada con un padre irascible que tiende
al rechazo, en realidad las actitudes y la conducta de cada uno
de ellos inducen al otro para continuar relacionándose con los
hijos en una forma destructiva.
Las familias disfuncionales presentan muchos estilos y
variedades, pero todas comparten un mismo efecto sobre los
hijos que crecen en ellas: esos hijos sufren cierto grado de
daño en su capacidad de sentir y relacionarse.

2. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de
compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha
proporcionando afecto, especialmente a hombres que
parecen, de alguna manera, necesitados.
Piense en cómo se comportan las criaturas, especialmente
las niñas, cuando les falta el amor y la atención que quieren y
necesitan. Mientras que un varón puede enfadarse y reaccionar
con una conducta destructiva y pelear, en una niña es más
frecuente que desvíe su atención hacia una muñeca preferida.
La acuna y la mima; al identificarse con ella en algún nivel, esa
niñita está haciendo un esfuerzo indirecto para recibir el afecto
y la atención que necesita. Al llegar a adultas, las mujeres que
aman demasiado hacen algo muy similar, sólo que tal vez en
forma ligeramente más sutil. En general, nos convertimos en
personas que proporcionamos afecto en la mayoría de las áreas
de nuestra vida, si no en todas. Las mujeres que provienen de
hogares disfuncionales (y especialmente, según he observado,
las que provienen de hogares alcohólicos) se encuentran en
enorme cantidad en las profesiones asistenciales, trabajando
como enfermeras, consejeras, terapeutas y asistentes sociales.
Nos vemos atraídas hacia los necesitados; nos identificamos
con compasión con su dolor y tratamos de aliviarlos para poder
disminuir el nuestro. El hecho de que los hombres que más nos
atraen sean aquellos que parecen necesitados tiene sentido si
entendemos que la raíz de esa atracción es nuestro propio
deseo de ser amadas.
Un hombre que nos atraiga no necesariamente tiene que
estar en bancarrota o tener mala salud. Quizá sea incapaz de
relacionarse bien con los demás, o puede ser frío y
desamorado, obstinado o egoísta, malhumorado o melancólico.
Tal vez sea un poco rebelde e irresponsable, o incapaz de
comprometerse o de ser fiel. O quizá nos diga que nunca ha
podido amar a nadie. Según nuestros propios antecedentes,
respondemos a distintas variedades de necesidad. Pero sin
duda respondemos, con la convicción de que ese hombre
necesita nuestra ayuda, nuestra compasión y nuestra sabiduría
para mejorar su vida.

3. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s)
progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que
usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de
hombres emocionalmente inaccesibles a quienes puede
volver a intentar cambiar, por medio de su amor.
Quizá su lucha haya sido con uno solo de sus padres, quizá
con ambos. Pero lo que haya estado mal, lo que haya faltado o
haya sido doloroso en el pasado es lo que usted está tratando
de corregir en el presente.
Ahora comienza a ser evidente que sucede algo muy nocivo
y frustrante. Sería bueno que trasladáramos toda nuestra
compasión, nuestro apoyo y comprensión a relaciones con
hombres sanos, hombres con quienes hubiera alguna esperanza
de satisfacer nuestras propias necesidades. Pero no nos atraen
los hombres sanos que podrían damos lo que necesitamos. Nos
parecen aburridos. Nos atraen los hombres que reproducen la
lucha que soportamos con nuestros padres, cuando tratábamos
de ser lo suficientemente buenas, cariñosas, dignas, útiles e
inteligentes para ganar el amor, la atención y la aprobación de
aquellos que no podían darnos lo que necesitábamos, debido a
sus propios problemas y preocupaciones. Ahora funcionamos
como si el amor, la atención y la aprobación no tuvieran
importancia a menos que podamos obtenerlos de un hombre
que también es incapaz de dárnoslos, debido a sus propios
problemas y preocupaciones.

4. Como la aterra que la abandonen, hace cualquier
cosa para evitar que una relación se disuelva.
“Abandono” es una palabra muy fuerte. Implica ser
dejadas, posiblemente para morir, porque quizá no podamos
sobrevivir solas. Hay abandono literal y abandono emocional.
Todas las mujeres que aman demasiado han experimentado por
lo menos un profundo abandono emocional, con todo el terror y
el vacío que eso implica. Como adultas, el hecho de ser
abandonadas por un hombre que representa en tantos aspectos
a aquellas personas que nos abandonaron primero hace aflorar
una vez más todo ese terror. Claro que haríamos cualquier cosa
por evitar sentir eso otra vez. Esto nos lleva a la siguiente
característica.

5. Casi ninguna cosa es demasiado problemática,
tarda demasiado tiempo o es demasiado costosa si
"ayuda" al hombre con quien usted está involucrada.
La teoría que subyace a toda esa ayuda es que, sí da
resultado, el hombre se convertirá en todo lo que usted
necesita que sea, lo cual significa que usted ganará esa lucha
para obtener lo que ha deseado durante tanto tiempo.
Por eso, mientras que a menudo somos frugales e incluso
austeras para con nosotras mismas, llegaremos a cualquier
extremo para ayudarlo a él. Algunos de nuestros esfuerzos por
él incluyen lo siguiente:

• comprarle ropa para mejorar la imagen que tiene de sí
mismo.

• encontrarle un terapeuta y rogarle que vaya a verlo.

• Financiar hobbies costosos para ayudarlo a aprovechar
mejor su tiempo.

• soportar perturbadoras reubicaciones geográficas porque
"él no es feliz aquí".

• darle la mitad o el total de nuestras propiedades y
posesiones para que no se sienta inferior a nosotras.

• proporcionarle un lugar donde vivir para que se sienta
seguro.

• permitir que abuse de nosotras emocionalmente porque
"antes nunca le dejaron expresar sus sentimientos".

• encontrarle empleo.

Esta es solamente una lista parcial de las maneras en que
tratamos de ayudar. Rara vez cuestionamos lo apropiado de
nuestras acciones a favor de él. De hecho, gastamos mucho
tiempo y energías tratando de idear nuevos enfoques que
podrían funcionar mejor que los que ya hemos probado.

6. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones
personales, usted está dispuesta a esperar, conservar
esperanzas y esforzarse más para complacer.
Si otra persona con antecedentes distintos se encontrara en
nuestras circunstancias, sería capaz de decir: "Esto es horrible.
No seguiré haciéndolo más." Pero nosotras suponemos que, si
no da resultado y no somos felices, hay algo que no hemos
hecho bien. Vemos cada matiz de conducta como algo que
quizás indique que nuestra pareja finalmente está cambiando.
Vivimos con la esperanza de que mañana será diferente.
Esperar que él cambie en realidad es más cómodo que cambiar
nosotras y nuestra propia vida.

7. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta
por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches
en cualquier relación.
A menudo aquellas que provenimos de hogares
disfuncionales tuvimos padres irresponsables, inmaduros y
débiles. Crecimos con rapidez y nos convertimos en pseudoadultas
mucho tiempo antes de estar listas para la carga que
suponía ese rol. Pero también nos complacía el poder que nos
conferían nuestra familia y los demás. Ahora, como adultas,
creemos que depende de nosotras hacer que nuestras
relaciones funcionen bien, y a menudo formamos equipo con
hombres irresponsables que nos culpan y contribuyen a nuestra
sensación de que todo realmente depende de nosotras. Somos
expertas en llevar esa carga.

8. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo
usted no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que
debe ganarse el derecho de disfrutar la vida.
Si nuestros padres no nos encuentran dignas de su amor y
atención, ¿cómo podemos creer que realmente somos buenas
personas? Muy pocas mujeres que aman demasiado tienen la
convicción, en el centro de su ser, de que merecen amar y ser
amadas simplemente porque existen. En cambio, creemos que
albergamos terribles defectos o fallas y que debemos hacer
buenas obras para compensarlos. Vivimos sintiéndonos
culpables por tener esas deficiencias y temerosas de que nos
descubran. Nos esforzamos mucho en tratar de parecer buenas,
porque no creemos serlo.

9. Necesita con desesperación controlar a sus
hombres y sus relaciones, debido a la poca seguridad
que experimentó en la niñez. Disimula sus esfuerzos por
controlar a la gente y las situaciones bajo la apariencia
de "ser útil".
Al vivir en cualquiera de los tipos más caóticos de familia
disfuncional, como una familia alcohólica, violenta o incestuosa,
es inevitable que una niña sienta pánico por la falta de control
de la familia. No puede contar con las personas de las que
depende porque están demasiado enfermas para protegerla. De
hecho, a menudo esa familia constituye una fuente de
amenazas y daño más que la fuente de seguridad y protección
que ella necesita. Debido a que esa clase de experiencia es tan
abrumadora, tan devastadora, aquellas que hemos sufrido en
esa forma buscamos cambiar posiciones, por así decirlo. Al ser
fuertes y útiles para los demás nos protegemos del pánico que
surge al estar a merced de otro. Necesitamos estar con gente a
quien podamos ayudar, a fin de sentirnos seguras y bajo
control.

10. En una relación, está mucho más en contacto con
su sueño de cómo podría ser que con la realidad de la
situación.
Cuando amamos demasiado vivimos en un mundo de
fantasía, donde el hombre con quien somos tan infelices o
estamos tan insatisfechas se transforma en lo que estamos
seguras de que puede llegar a ser, y en lo que se convertirá
con nuestra ayuda. Dado que sabemos tan poco cómo es ser
feliz en una relación y tenemos muy poca experiencia en el
hecho de que alguien a quien queremos satisfaga nuestras
necesidades emocionales, ese mundo de ensueño es lo más que
nos atrevemos a acercarnos a tener lo que queremos.
Si ya tuviéramos a un hombre que fuera todo lo que
quisiéramos, ¿para qué nos necesitaría? Y todo ese talento (y
compulsión) para ayudar no tendría dónde operar. Una parte
importante de nuestra identidad estaría desempleada. Por eso
elegimos un hombre que no es lo que queremos... y seguimos
soñando.

11. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.
Según las palabras de Stanton Peele, autor de Amor y
adicción: "Una experiencia adictiva es aquella que absorbe la
conciencia de una persona y, al igual que los analgésicos, alivia
su sensación de ansiedad y dolor. Quizá no haya nada tan
bueno para absorber nuestra conciencia como una relación
amorosa de cierta clase. Una relación adictiva se caracteriza
por un deseo de tener la presencia tranquilizadora de otra
persona... El segundo criterio es que disminuye la capacidad de
una persona para prestar atención a otros aspectos de su vida
y para ocuparse de los mismos."
Usamos nuestra obsesión con los hombres a quienes
amamos para evitar nuestro dolor, vacío, miedo y furia.
Usamos nuestras relaciones como drogas, para evitar
experimentar lo que sentiríamos si nos ocupáramos de nosotras
mismas. Cuanto más dolorosas son nuestras interacciones con
nuestro hombre, mayor es la distracción que nos proporcionan.
Una relación verdaderamente horrible cumple para nosotras la
misma función que una droga fuerte. No tener un hombre en
quien concentrarnos es como suspender el consumo de una
droga, a menudo con muchos de los mismos síntomas físicos y
emocionales que acompañan la verdadera suspensión de una
droga: náuseas, sudor, escalofríos, temblor, ansiedad, una
forma obsesiva de pensar, depresión, imposibilidad de dormir,
pánico y ataques de angustia. En un esfuerzo por aliviar esos
síntomas, volvemos a nuestra última pareja o buscamos una
nueva con desesperación.

12. Es probable que usted esté predispuesta
emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para
volverse adicta a las drogas, al alcohol y/o a ciertas
comidas, en particular los dulces.
Esto se aplica especialmente a muchas mujeres que aman
demasiado que son hijas de adictos a cierta sustancia. Todas
las mujeres que aman demasiado cargan con la acumulación
emocional de experiencias que podrían llevarlas a abusar de
sustancias que alteran la mente a fin de escapar de sus
sentimientos. Pero los hijos de padres adictos tienden a heredar
una predisposición genética de desarrollar sus propias
adicciones.
Tal vez porque el azúcar refinada es casi idéntica en su
estructura molecular al alcohol etílico, muchas hijas de
alcohólicos desarrollan una adicción a ella y adquieren una
forma compulsiva de comer. El azúcar refinada no es una
comida sino una droga. No tiene valor alimenticio; sólo calorías
vacías. Puede alterar en forma dramática la química cerebral y
es una sustancia altamente adictiva para mucha gente.

13. Al verse atraída hacia personas que tienen
problemas por resolver, o involucrada en situaciones que
son caóticas, inciertas y emocionalmente dolorosas,
usted evita concentrarse en su responsabilidad para
consigo misma.
Si bien somos muy buenas para intuir lo que otra persona
siente o para descubrir lo que otra persona necesita o debería
hacer, no estamos en contacto con nuestros propios
sentimientos y somos incapaces de tomar decisiones acertadas
en aspectos importantes de nuestra vida que son problemáticos
para nosotras. A menudo no sabemos en realidad quiénes
somos, y el hecho de estar enredadas en problemas dramáticos
nos impide tener que detenernos a averiguarlo.
Nada de esto significa que no podamos emocionarnos.
Podemos llorar y gritar y aullar. Pero no somos capaces de usar
nuestras emociones para guiarnos en la tarea de tomar las
decisiones necesarias e importantes en nuestra vida.

14. Es probable que usted tenga una tendencia a los
episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por
medio de la excitación que le proporciona una relación
inestable.
Un ejemplo: una de mis pacientes, que tenía antecedentes
de depresión y estaba casada con un alcohólico, comparaba la
vida con él a tener un accidente automovilístico todos los días.
Los terribles altibajos, las sorpresas, las maniobras, lo
imprevisible y la inestabilidad de la relación presentaba en
forma acumulativa una conmoción constante y diaria para su
sistema. Si usted alguna vez tuvo un accidente automovilístico
en el cual no sufrió heridas graves, quizás haya experimentado
una sensación de euforia un día o dos después del accidente.
Eso se debe a que su cuerpo sufrió una conmoción extrema y
de pronto tuvo cantidades inusualmente altas de adrenalina.
Esa adrenalina explica la euforia. Si usted es alguien que lucha
con la depresión, inconscientemente buscará situaciones que la
mantengan excitada, en forma muy similar al accidente
automovilístico (o al matrimonio con un alcohólico), a fin de
mantenerse demasiado eufórica para deprimirse.
La depresión, el alcoholismo y los desórdenes en la comida
están estrechamente relacionados y parecen tener una
conexión genética. Por ejemplo, la mayoría de las anoréxicas
con quienes he trabajado y muchas de mis pacientes con
problemas de depresión tenían por lo menos un progenitor
alcohólico. Si usted proviene de una familia alcohólica, tiene
doble probabilidad de tener problemas de depresión, debido a
su pasado y a su herencia genética. Es irónico, pero la
excitación de una relación con alguien que padezca esa
enfermedad puede ejercer una fuerte atracción en usted.

15. No la atraen los hombres que son amables,
estables, confiables y que se interesan por usted. Esos
hombres "agradables" le parecen aburridos.
El hombre inestable nos resulta excitante; el hombre que
no es con fiable nos parece un desafío; el hombre imprevisible,
romántico; el hombre inmaduro, encantador; el hombre
malhumorado, misterioso. El hombre furioso necesita nuestra
comprensión. El hombre desdichado necesita nuestro consuelo.
El hombre inadecuado necesita nuestro aliento, y el hombre frío
necesita nuestra calidez. Pero no podemos "arreglar" a un
hombre que está bien tal como es, y si es amable y nos quiere
tampoco podemos sufrir. Lamentablemente, si no podemos
amar demasiado a un hombre, por lo general, no podemos
amarlo.
En los capítulos siguientes, cada una de las mujeres que
usted conocerá tienen, al igual que Jill, una historia que contar
acerca de amar demasiado. Quizá sus historias la ayuden a
comprender los patrones de su propia vida con mayor claridad.
Entonces también podrá emplear las herramientas dadas hacia
el final del libro para cambiar esos patrones y transformarlos en
una nueva configuración de auto- realización, amor y alegría.
Este es mi deseo para usted.

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sábado, 24 de enero de 2009

Las mujeres que aman demasiado

Cuando estar enamorada significa sufrir, estamos amando demasiado. Cuando la mayoría de nuestras conversaciones con amigas íntimas son acerca de él, de sus problemas, sus ideas, y cuando casi todas nuestras frases comienzan con "él...", estamos amando demasiado. Cuando disculpamos su mal humor, su mal carácter, su indiferencia o sus desaires como problemas debidos a una niñez infeliz y tratamos de convertirnos en su terapeuta, estamos amando demasiado. Cuando leemos un libro de autoayuda y subrayamos todos los pasajes que lo ayudarían a él, estamos amando demasiado. Cuando no nos gustan muchas de sus conductas, valores y características básicas, pero las soportamos con la idea de que, si tan sólo fuéramos lo suficientemente atractivas y cariñosas, él querría cambiar por nosotras, estamos amando demasiado. Cuando nuestra relación perjudica nuestro bienestar emocional e incluso, quizá, nuestra salud e integridad físicas, sin duda estamos amando demasiado. A pesar de todo el dolor y la insatisfacción que acarrea, amar demasiado es una experiencia tan común para muchas mujeres que casi creemos que es así como deben ser las relaciones de pareja. La mayoría de nosotras hemos amado demasiado por lo menos una vez, y para muchas de nosotras ha sido un tema recurrente en nuestra vida. Algunas nos hemos obsesionado tanto con nuestra pareja y nuestra relación que apenas podemos funcionar como personas. En este libro examinaremos a fondo los motivos por los que tantas mujeres, en busca de alguien que las ame, parecen encontrar inevitablemente parejas nocivas y sin amor. Analizaremos también por qué, una vez que sabemos que una relación no satisface nuestras necesidades, nos cuesta tanto ponerle fin. Veremos que el amor se convierte en amar demasiado cuando nuestro hombre es inadecuado, desamorado o inaccesible y, sin embargo, no podemos dejarlo; de hecho, lo queremos y lo necesitamos más aun. Llegaremos a entender cómo nuestro deseo de amar, nuestra ansia de amor, nuestro amor mismo, se convierte en una adicción. "Adicción" es una palabra que asusta. Evoca imágenes de consumidores de heroína que se clavan agujas en los brazos y llevan una vida obviamente autodestructiva. No nos agrada la palabra y no deseamos aplicar el concepto a nuestra forma de relacionarnos con los hombres. Pero muchas, muchas de nosotras hemos sido "adictas a los hombres" y, al igual que cualquier otro adicto, necesitamos admitir la seriedad del problema antes de poder empezar a curarnos. Si usted alguna vez se vio obsesionada por un hombre, quizá haya sospechado que la raíz de esa obsesión no era el amor sino el miedo. Quienes amamos en forma obsesiva estamos llenas de miedo: miedo a estar solas, miedo a no ser dignas o a no inspirar cariño, miedo a ser ignoradas, abandonadas o destruidas. Damos nuestro amor con la desesperada ilusión de que el hombre por quien estamos obsesionadas se ocupe de nuestros miedos. En cambio, los miedos -y nuestra obsesión- se profundizan hasta que el hecho de dar amor para recibirlo se convierte en la fuerza que impulsa nuestra vida. Y como nuestra estrategia no da resultado, tratamos, amamos más aún. Amamos demasiado. La primera vez que reconocí este fenómeno de "amar demasiado" como un síndrome de ideas, sentimientos y conductas fue después de varios años de asesorar a alcohólicos y drogadictos. Luego de llevar a cabo cientos de entrevistas con adictos y sus familias, hice un descubrimiento sorprendente. A veces, los pacientes a quienes entrevistaba se habían criado en familias con problemas, y a veces, no; pero sus parejas casi siempre provenían de familias con problemas severos, en las cuales habían experimentado tensiones y sufrimientos mayores que los comunes. Al luchar por salir adelante con sus compañeros adictos, estas mujeres (que en el área del tratamiento para el alcoholismo se conocen como "co-alcohólicas") inconscientemente recreaban y revivían aspectos significativos de su niñez. Principalmente a través de las esposas y novias de adictos, comencé a entender la naturaleza del hecho de amar demasiado. Sus historias personales revelaban la necesidad de superioridad y sufrimiento que experimentaban en su papel de "salvadoras" y me ayudaron a comprender la profundidad de su adicción a un hombre que, a su vez, era adicto a una sustancia. Era evidente que, en esas parejas, ambos integrantes necesitaban ayuda por igual, y que ambos estaban literalmente muriendo por sus adicciones: él, por los efectos del consumo de sustancias químicas; ella, por los efectos de una tensión extrema. Esas mujeres co-alcohólicas me clarificaron el increíble poder y la influencia de sus experiencias infantiles sobre sus patrones adultos para relacionarse con los hombres. Ellas tienen algo que decirnos a todas quienes hemos amado demasiado acerca de la razón por la cual hemos desarrollado nuestra predilección por las relaciones problemáticas, cómo perpetramos nuestros problemas y, lo más importante, cómo podemos cambiar y mejorar. No pretendo implicar que las mujeres sean las únicas que aman demasiado. Algunos hombres practican esta obsesión con las relaciones con tanto fervor como podría hacerlo una mujer, y sus sentimientos y conductas provienen de la misma dinámica y las mismas experiencias infantiles. Sin embargo, la mayoría de los hombres que han sido dañados en la niñez no desarrollan una adicción a las relaciones. Debido a una interacción de factores biológicos y culturales, por lo general tratan de protegerse y evitar el dolor mediante objetivos más externos que internos, más impersonales que personales. Tienden a obsesionarse por el trabajo, los deportes o los hobbies, mientras que la mujer, debido alas fuerzas biológicas y culturales que la afectan, tiende a obsesionarse con una relación, tal vez con un hombre así dañado y distante. Es de esperar que este libro sea útil para cualquiera que ame demasiado, pero está escrito en especial para las mujeres porque el hecho de amar demasiado es principalmente un fenómeno femenino. Su propósito es muy específico: ayudar a reconocer ese hecho a las mujeres que tienen patrones destructivos de relacionarse con los hombres, comprender el origen de esos patrones y obtener las herramientas necesarias para cambiar sus vidas. Pero si usted es una mujer que ama demasiado, me parece justo prevenirle que éste no será un libro fácil de leer. Por cierto, si la definición le va bien y aun así usted lee este libro en forma superficial, sin que la afecte o la conmueva, o si se encuentra aburrida o enojada, o no logra concentrarse en el material aquí presentado, o si sólo piensa en lo mucho que esto podría ayudar a otra persona, le sugiero que pruebe volver a leerlo con posterioridad. Todos necesitamos negar lo que nos resulta demasiado doloroso o amenazador para aceptarlo. La negación es un medio natural de autoprotección, que obra en forma automática y espontánea. Tal vez en una lectura posterior usted podrá enfrentar sus propias experiencias y sus sentimientos más profundos. Lea despacio, permítase relacionarse tanto intelectual como emocionalmente con estas mujeres y sus historias. Las en este libro podrán parecerle extremas. Le aseguro que son todo lo contrario. Las personalidades, las características y las historias que he encontrado entre cientos de mujeres a quienes he conocido personal y profesionalmente y que entran en la categoría de amar demasiado no están en absoluto exageradas aquí. Sus historias reales son mucho más complicadas y llenas de dolor. Si los problemas de ellas le parecen mucho más graves y angustiosos que los suyos, permítame decir que su reacción iniciales típica de la mayoría de mis pacientes. Cada una cree que su problema "no es tan grave", aun cuando se compadece de la situación de otras mujeres que, en su opinión, tienen "verdaderos" problemas. Una de las ironías de la vida es que las mujeres podamos responder con tanta compasión y comprensión a la vida de otros y permanecer tan ciegas a (y por) el dolor en nuestra propia vida. Conozco eso muy bien, pues la mayor parte de mi vida fui una mujer que amó demasiado hasta que el efecto nocivo sobre mi salud física y emocional fue tan severo que me vi forzada a examinar a fondo mi forma de relacionarme con los hombres. He pasado los últimos años trabajando mucho para cambiar ese patrón. Han sido los años más gratificantes de mi vida. Espero que, a todas ustedes que aman demasiado, este libro las ayude a cobrar mayor conciencia de la realidad de su situación, pero que también las aliente a empezar a cambiarla, reencauzando su afecto, no hacia su obsesión por un hombre, sino hacia su propia recuperación y su propia vida. Aquí cabe una segunda advertencia. En este libro, al igual que en tantos libros de "autoayuda", hay una lista de pasos a seguir a fin de cambiar. Si usted decide que realmente desea seguir esos pasos, necesitará -como en todo cambio terapéutico- años de trabajo y nada menos que su dedicación total. No hay atajos para salir del patrón de amar demasiado en el que usted está atrapada. Es un patrón aprendido a temprana edad y muy bien practicado, y el hecho de abandonarlo será temible, amenazador y un constante desafío. Con esta advertencia no pretendo desalentarla. Después de todo, si usted no cambia su patrón de relaciones, sin duda se enfrentará a una lucha en los años venideros. Pero en ese caso, su lucha no será por crecer sino simplemente por sobrevivir. Si elige iniciar el proceso de recuperación, dejará de ser una mujer que ama a alguien con tal intensidad que resulta dolorosa para pasar a ser una mujer que se ama a sí misma lo suficiente para detener el dolor.

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